lunes, 19 de diciembre de 2011

Derecha

Cuando estás perdido miras en todas las direcciones, corres calle abajo con la lluvia mojando la acera y tu chaqueta. En algunas ocasiones debes frenar un poco para no darte de morros contra el bordillo de la calle. Algunas veces debes esperar a que algún idiota que vaya en coche pase antes que tú, te salpica con el agua que se queda estancada en las carreteras, y aunque intentes retroceder el agua te empapa completamente.
Corres a refugiarte en el portal más cercano, sacas el móvil para ver qué hora es, las 20.28 de una tarde de lunes fría y ventosa, como cualquier otra en esta época del año. Cuando el viento deja un poco de sacudir tan fuerte, sigues tu camino. Más tarde vuelves a encontrarte obstáculos, pero esta vez es un atasco de coches, camiones, furgonetas, motos y tráilers enormes que no dejan ver más allá de ellos la carretera. El semáforo está en verde, pero el cúmulo de vehículos y la velocidad de las motos pasando entre los coches es demasiado peligrosa como para arriesgarse a cruzar. Esperas. Esperas impaciente a que se vuelva más transitable la calle. Vuelves a mirar el reloj. 20.35, el tiempo pasa y tú estás allí atascada, sin poder avanzar.
Es entonces cuando decides caminar por la calle, hasta llegar a otro cruce, más adelante. Caminas, y llegas a un paso de cebra en el que ya no hay atasco. En este los coches fluyen, las motos avanzan y los camiones siguen su trayecto... Vuelves la vista atrás, hacia la izquierda. Y es entonces cuando sientes que hiciste lo correcto buscando otra salida, cuando sientes que no llegas tarde.
Miras de nuevo el móvil. 20.38, y llegando a tu destino, aproximadamente en unos 5 minutos estarás allí.
Y cuando llegas al destino, le ves. A él, tan perfecto como siempre. Lleva puesta una de esas sudaderas que tanto te gustan, suya, con eso es suficiente. Te acercas y le abrazas. Él te coge de la mano, y camináis calle arriba, hablando y sonriendo, estás con él, y eso te encanta. De repente todo el frío que tenías mientras llegabas se ha marchado, ha desaparecido con el viento, él es ahora el que te sostiene, el que te hace estar viva, con el que estás realmente a gusto. Él, el único al que no cambiarías por nada ni por nadie.
Cuando le miras, sientes que todo desaparece y que ese es el último momento que vivirás, así que quieres vivirlo y disfrutarlo como tal. Aprovechas para acercarte más que nunca, le abrazas, le coges de la mano y su respuesta es abrazarte más fuerte y agarrarte fuertemente. Te das cuenta de que con él no importa la hora que sea, llegarías tarde a casa con tal de estar unos minutos más con él, a su lado.
No puedes evitar que una sonrisa salga de tu interior y se coloque en tu boca, es algo que en ocasiones solo puede conseguir él, la persona a la que quieres, a la que abrazas, a la que agarras de la mano y a la que le dices esas cosas. Al único, es a él.

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